5 cosas que aprendí de trabajar como voluntaria con adultos mayores

Era un domingo como a medio día. Yo estaba aún en pijama en mi departamento de Los Ángeles, acostada en mi cama, entre las cobijas. Mientras con una mano le rascaba la panza a mi perrita Kiki y con la otra comía helado (Häagen-Dazs sabor dulce de leche), pensaba en todas las cosas que le faltaban a mi vida. Ya saben, de esas veces en que empiezas a sentirte desdichado y haces un recuento detallado de todo lo que va mal en tu vida para poder seguir auto-compadeciéndote.

De repente, un rayo de luz iluminó mi conciencia y me di cuenta de lo patético de mi situación. En lugar de apreciar todas las cosas maravillosas de mi vida, me estaba enfocando en lo que no tenía para poder sufrir a gusto. 

En ese momento, recordé una historia que había leído acerca de un terapeuta y su paciente, quien en un momento de crisis, le llamó diciéndole que estaba a punto de suicidarse. El terapeuta le insistió que buscara alguien a quien ayudar en alguna forma, y al hacerlo, la perspectiva del paciente cambió por completo y eso lo salvó del suicidio.

Desde mucho tiempo atrás yo quería hacer trabajo voluntario pero nunca había tomado la decisión. En ese momento me puse a buscar diferentes opciones y me inscribí en varios programas. Hoy les voy contar sobre mi trabajo con adultos mayores.

He tenido el privilegio de trabajar como voluntaria en dos organizaciones que se dedican a mejorar la vida de personas de la tercera edad. 

La primera experiencia fue en Los Angeles, California, en un hogar de reposo para adultos mayores donde cada 15 días un grupo de voluntarios presta su tiempo, atención y compañía a los huéspedes del hogar. Algunas de las actividades de los voluntarios son: organizar juegos de lotería y ayudar a quienes lo necesiten (y acepten, jeje), ayudar a las mujeres a pintarse las uñas o arreglar su cabello, o simplemente platicar e interactuar con los adultos mayores.

La segunda experiencia que tuve fue en San Miguel de Allende, México, con una ONG que una vez a la semana, ofrece un banquete y da pláticas de salud y nutrición a personas de la tercera edad de escasos recursos. 

Las dos experiencias han enriquecido mi vida y estas son las 5 cosas que aprendí:

  1. Tener buena postura corporal te ayudará a ser más feliz

¿Qué tiene que ver la postura con la felicidad? Ah, pues ahorita les cuento. 

Mientras observaba a las personas interactuar, me di cuenta de algunos patrones, por ejemplo, las personas que están jorobadas generalmente se ven más tristes. Después investigué más acerca del tema y estas son mis conclusiones:

Además de lo obvio que es el dolor físico causado por la mala postura, está comprobado que una postura erguida contribuye enormemente a la felicidad, ya que nuestro lenguaje corporal manda señales al cerebro que influyen en nuestro estado de ánimo. Entonces, si tienes el mal hábito de jorobarte, con los años se vuelve irreversible y aunque quieras ya no puedes estar derecho. Esto ocasiona que siempre estés viendo hacia abajo, lo cual el cerebro interpreta como tristeza, falta de energía, desgano, etc. Además resulta más difícil interactuar con la gente cuando tienes una postura jorobada, y sabemos que la interacción social es un gran componente de la felicidad.

2.   Tú decides cuando morir

No quiero decir que uno escoge el día en que su corazón dejará de latir, lo que quiero decir es que hay gente que decide ya no vivir desde mucho tiempo antes de que su cuerpo deje de funcionar.

Conocí personas de 85 años que viven y se comportan como si tuvieran 30, y personas de 70 años que parecen de 145. Es cuestión de actitud. Hay quienes dejan de vivir mucho tiempo antes de su sepultura, pero hay otros que cantan y ríen hasta el último instante que tienen de vida. Yo quiero ser como los segundos.

3.   La alegría es contagiosa pero la amargura te aísla

Recuerdo mucho a Mary, una señora de 89 años que contagiaba a todos con su alegría y su amor por la vida. Todos queríamos estar cerca de ella porque su sola presencia te hacía sentir bien. Su canción favorita es “New York, New York” de Frank Sinatra, y al final de cada reunión pedía que se la pusieran y además de cantarla, aprovechaba para bailar con los chicos que la quisieran acompañar. 

En contraste, también conocí personas gruñonas y negativas que se la pasaban buscando cosas de qué quejarse. Nadie quería estar cerca de ellos porque le amargaban el rato a cualquiera. Por consecuencia, este tipo de personas se aíslan más y más, y luego se quejan de que nadie quiere estar con ellos. 

4.   Al final de la vida tu decides qué recordar

Llevar más de siete décadas viviendo en este planeta garantiza que has tenido una gran cantidad de experiencias agradables y también muchas experiencias dolorosas. Garantiza que has llorado y has reído infinidad de veces. Garantiza que has gozado así como también has sufrido. Lo que no está garantizado es la perspectiva que tienes de la vida; esa la eliges tú. 

Al platicar con diferentes personas me di cuenta de que cada quien decide qué recordar de su vida. Hay quienes se enfocan más en las alegrías que en las tristezas, pero hay quienes solo recuerdan las tragedias ocurridas. No es difícil adivinar quien es más feliz.

5.   Tú eres la única persona con la que pasarás el resto de tu vida, así que mejor disfruta de tu propia compañía

Al estar cerca del final de tu vida, se vuelve muy evidente que nada en este mundo es eterno. Muchos de los amigos, familiares, mascotas y cosas que una persona cree que siempre tendrá en su vida, generalmente terminan desapareciendo. La única constante en tu vida eres tú. 

Esto puede sonar duro, sin embargo, no tiene que serlo si sabes disfrutar de tu propia compañía y si has compartido el amor que hay en ti, ya que, a diferencia de las cosas materiales, el amor que das es el que conservas. 

Además, disfrutar de tu propia compañía y ser mejor amigo de ti mismo atrae a la gente, así que paradójicamente, quien sabe disfrutar de estar solo es quien generalmente tiene más personas a su alrededor. 

Mi conclusión es que aunque la vida no siempre es como quisiéramos que fuera, nosotros decidimos qué hacer con las cartas que se nos dan. 

Cuando yo llegue (si llego…) a la tercera edad, voy a ignorar los estándares de comportamiento que la sociedad impone y voy a tratar de hacer todo lo que me digan que no puedo hacer, ¡jaja! 

¡Me voy a divertir hasta el final!

Ese es mi plan.